jueves, 16 de febrero de 2017

La bestia del tunel

Las calles son los escenarios predilectos de la vida. Por ellas se logran ver situaciones que cambian los rumbos de las personas, algunos encuentran las soluciones a sus problemas, otros son imanes de estos y el resto solo se detiene a mirar hacia otros lados a pesar de las señales divinas que llegan a ellos, pero Antonio es el único que observa el andar de la gente y las vidas que cada cabeza debe de contar. El oficio de mago callejero no es tan fácil como parece. Los trucos requieren de una práctica incansable, retomarlos cada momento en que la gente se presta para los trucos. En especial si hay credibilidad por parte de la gente. Es solo que a veces el más crédulo resulta ser el más peligroso.
La mala racha de Antonio había llegado muy alta. Sus trucos habían dejado de ser innovadores y los transeúntes ya ni siquiera lo miraban. Había optado por poner un poco de música a su espectáculo pero de igual manera no resultó como esperaba. Las ideas se le estaban acabando y lo peor de todo eran las pocas ganancias que su oficio le dejaba.
Tenía pensado retirarse del medio y dedicarse a un empleo de verdad. Unirse a la ciudadanía era una idea que le aterraba. Veía las miradas de los que pasaban y se imaginaba un mundo gobernado por zombies. Un mundo en el que la tecnología había rebasado las fronteras de la mente y la imaginación. Aquellas tierras de amplia magia comenzaban a ser reducidas por las pantallas de los celulares y las tabletas electrónicas. No deseaba pagar impuestos y cargar sobre sus hombros responsabilidades que obligaban al hombre a encadenarse a un grillete llamado “sociedad modelo”. El deseaba ser libre y dedicarse a lo que tanto adoraba, pero en este mundo el dinero era una fuente primordial de supervivencia y debía hacer algo para encontrar la manera de innovar su talento.
Un día de Marzo se encontraba caminando por las calles de la ciudad. Había ganado un par de monedas, las suficientes para adquirir los alimentos del día. Estaba por llegar a su casa, debía cruzar un parque y de ahí andar un par de cuadras más. De pronto a su derecha, donde lo ancho del parque terminaba se encontraba en la esquina una tienda inusual que Antonio jamás había visto. Le causó una curiosidad inexplicable pues siempre atravesaba ese parque para llegar a su hogar y jamás había visto aquella tienda, estaba seguro de eso.
Se dirigió hacia allá y al llegar a la fachada del lugar leyó el enorme letrero que se postraba en lo alto de la tienda: Antigüedades. Miró a través del vidrio del escaparate y observó los cientos de objetos que se encontraban en exhibición. Se acercó a la puerta y la empujó, por un momento creyó que se encontraba cerrado pues no había luz en el interior pero al empujar la puerta un mundo oscuro y antiguo se abrió ante sus ojos. Entró y el olor a rústico invadió su nariz. Antonio adoraba este olor. Se lo encontraba cada vez que abría sus novelas favoritas. Comenzó a preguntar por el que atendía tan sombrío lugar. Al no obtener respuesta comenzó a inspeccionar los objetos que se exhibían. Había sillas, mesas, pinturas, libreros, objetos de decoración, etc. Todo un caudal de riquezas. Al avanzar por el pasillo que creaba los objetos a su izquierda y a su derecha vio al fondo de este algo que le maravilló. Era una pequeña mesa envuelta por una tela aterciopelada de color rojo. Encima de la mesa se encontraba un sombrero de copa negro acompañado por una capa negra brillante y muy elegante. El clásico kit de magia. Antonio se acercó a los objetos como un niño ansioso por poseer el juguete de sus sueños. Comenzó a inspeccionarlo. Tomó el sombrero y se lo probó, este le quedaba a la perfección. Había un espejo cerca, ansiaba mirarse e imaginarse todo un mundo de posibilidades. Sus sueños se reflejarían en él. Mientras se admiraba detrás de unas gruesas cortinas rojas alguien lo observaba detenidamente. En aquellas sombras una media sonrisa se dibujaba en el rostro de aquel tipo, sus ojos observaban detenidamente las acciones del mago callejero, pero no eran unos ojos normales, comunes, parecían vislumbrar una cruenta observación, como si sus pensamientos más bizarros se reflejaran en el mago. Ansiaba acercarse y convencerlo de portar el kit para sus actos callejeros. Se deslizó hacia atrás y desapareció entre las cortinas.
Antonio se tapó el rostro con su capa y al momento de descubrirse vio a un hombre de traje blanco parado a un lado del enorme espejo. Antonio perdió el equilibrio y calló de sentón sobre el frío suelo de azulejo.
-Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?- preguntó el tipo.
-Siento haber tomado sus cosas. Me dejé llevar por el momento. De verdad lo siento-
Antonio se levantó rápidamente. Se quitó la capa y el sombrero y los dejó sobre el mantel de terciopelo rojo. Dio media vuelta y se dirigía apenado hacia la entrada pero el sujeto de blanco se cruzó en su camino y detuvo en seco su huida.
-Espera ¿Por qué huyes?-
-No estoy huyendo, es solo que…-
-Deseas ese kit de magia. Solo dilo, no necesitas avergonzarte-
Antonio levantó el rostro y se encontró con una mirada extraña. Unos ojos escarlata que parecían ver más allá de nuestro plano, como si fueran biónicos. Por unos segundos Antonio trató de buscar humanidad en aquella mirada pero su escaneo fracasó y el tipo de blanco de inmediato se percató de esto.
-Señor, discúlpeme pero debo irme-
-Sé que mi apariencia de aterra, pero no temas, no hago ningún daño a menos que así tú lo quieras-
“¿Que carajos quiere decir eso?” pensó Antonio.
-Mira muchacho soy un anticuario, uno muy viejo a pesar de mi apariencia. Soy comerciante en artefactos que datan de una antigüedad y anécdota peculiar-
Antonio no se había percatado de su fisonomía pero era cierto, su rostro aparentaba ser de un hombre maduro, probablemente cuarenta y cinco años pues su cabello largo era el culpable de esta suposición. Sin él se vería mucho más joven.
-Yo sé que deseas aquel kit de magia y te aseguro que tus trucos serán los mejores que hayas visto en tu vida. Se pagó un precio muy alto por el-
-¿A qué se refiere?-
-Bueno- comenzó el hombre de blanco sobándose las manos. –Muchos de estos objetos fueron clasificados como extraños, ocultos, hasta cierto punto oscuros pero sobretodo útiles para la vida futura de la humanidad-
-No entiendo muchas cosas de la que dice-
-No necesitas hacerlo. Lo único que debes entender es el propósito de estos objetos y apreciar lo que realmente valen-
Antonio entendió que era difícil librarse de aquella situación. Era cierto, deseaba aquel kit de magia más que a nada en este mundo y si el hombre así lo aseguraba crearía todo un espectáculo de magia callejera, pero le aterraba la imagen de aquel hombre, algo le decía que era el hombre más desafortunado del mundo al haberse topado con aquella tienda.
-De acuerdo. ¿Cuánto quiere por ella?- preguntó Antonio.
-La pregunta es: ¿Cuánto estas dispuesto a pagar?-
La pregunta palideció a Antonio. ¿Qué era lo que quería aquel hombre?
-No tengo mucho dinero, solo lo que gane hoy-
-De acuerdo dámelo-
Antonio sacó la mitad de la cantidad de monedas que tenía en su bolsillo y se las dio al hombre.
-¡Ay, que carajos fue eso!- dijo Antonio retirando su mano rápidamente. Había sentido una especie de piquete en cuanto su alama rozó con los dedos del hombre de blanco.
El tipo solo sonrió y se guardó las monedas distraídamente. Dio media vuelta y se dirigió hacia la mesa y los demás objetos de magia. Tomó el sombrero, la capa y la varita de plástico y se la entregó a hombre.
-Esto es parte de ti. Lo que hagas de ahora en adelante será bajo tu responsabilidad-
Antonio tomó los objetos y de inmediato salió de la tienda mientras que el hombre de blanco sonreía diabólicamente.
Al llegar al pequeño cuarto que rentaba lo primero que hizo fue ponerse los objetos y mirarse al espejo. La capa era un poco pesada debido a la tela con la que estaba hecha pero su elegancia rebasaba fronteras, el estilo parecía ser medieval pero de una época que rayaba en la oscuridad y el ocultismo. Los pliegues superiores que formaban el cuello estaban demasiado puntiagudos y el color rojo que adornaba la parte interna parecía ser más oscuro de cuando lo vio en la tienda. Bajo la luz amarillenta de la habitación el sombrero de copa parecía cobrar vida, tenía una perfección sobrenatural. Lo que más impresionó a Antonio fue la varita. En la tienda el plástico parecía ser su componente principal pero después de un examen minucioso se percató de que era de madera y dicho material parecía estar compuesto de algún árbol desconocido pues la madera despedía un olor dulzón y amargo a la vez. Por las próximas horas el hombre lució su atuendo en el espejo, maravillado por su apariencia deseaba con ansias que su público lo viera. Tomó la varita y al realizar el clásico movimiento algo en el espejo se materializó. Un pasillo oscuro e infinito se apreciaba. De pronto una figura proveniente del final del pasillo se arrastraba hacia la posición de Antonio, parecían ser dos largas manos huesudas con la piel colgando del antebrazo y el codo. Un extraño gruñido acompañaba a la escena, un gruñido cavernoso, demoniaco, carente de cuerdas vocales humanas. El congelamiento de Antonio le permitió ver la terrorífica escena y un escalofrío mortuorio le recorrió todo el cuerpo. De pronto un rostro putrefacto apareció. Al parecer el gruñido no provenía de su garganta muerta pues pedía ayuda. Rescate del infierno donde vivía. “La capa, la capa, quémala” decía el carcomido. Repentinamente una mano larga y garrosa tomó el cadáver viviente de los pocos cabellos que le quedaban y fue lanzado hacia la oscuridad del pasillo donde soltó un aterrador grito infernal que hizo vibrar el espejo intensamente. El gruñido surgió enseguida y Antonio imaginó la clase de bestia que se encontraba del otro lado. Tomó la capa y el sombrero y los lanzó frenéticamente hacia la esquina de la habitación. ¿Qué carajos era eso? Recordó las palabras del hombre: “Se pagó un precio muy alto por ellos”. No creía en maldiciones pero algo le decía que estos objetos lo estaban. Cada vez que los veía le parecían más góticos, como bien lo dijo el hombre de blanco: “extraños”. Tomó los objetos y los metió en una bolsa. Salió de la habitación y con una furia incontenible se dirigió hacia la tienda de antigüedades. Ya pasaban de las nueve de la noche pero no le importaba se encontraba muy molesto con el aquel tipo, le había vendido objetos de u muerto y probablemente testigos de una magia oculta. Había oído hablar de las ciencias ocultas y de cómo estas arruinan la vida de quien la práctica, de igual manera como los objetos que son usados en sus rituales son “cargados” energéticamente por estos ritos. A cada paso que se aproximaba a la tienda le venía la idea de que el hombre de blanco practicaba esto y deseaba que su vida se arruinara por completo al tratar de deshacerse de sus antigüedades. Apretó la bolsa pero la mano comenzó a dolerle intensamente, sintió como le recorría la palma un líquido caliente. Soltó la bolsa y miró su mano. Se encontraba llena de sangre fresca, no tenía idea de porqué pero lo más probable era que se encontraba así por esta situación tan extraña y oscura. Recordó que al momento de dar las monedas al hombre sintió un piquete en la palma. “¿Cuál era su maldito problema?” se dijo mientras avanzaba furioso en la noche.
La tienda apareció en la distancia, en la esquina de la calle del parque. Antonio sintió un vuelco en el alma al ver los escaparates en penumbra, como si algo le dijera que no fuera a ese lugar. Mientras más se acercaba se percató de que la puerta se encontraba entreabierta, la tienda invitaba a entrar a Antonio a la oscuridad. Se armó de valor y entró al lugar, parecía boca de lobo ni siquiera los contornos de los objetos se distinguían. Las tinieblas rodearon por completo a Antonio y sus sueños frustrados de ser un gran ilusionista. Dejó la bolsa a un lado y comenzó a avanzar en la oscuridad.
-Hola ¿hay alguien aquí?-
Nadie respondió.
-Escuche, no quiero ser parte de sus rituales. Ya me di cuenta de lo que le hizo a mi mano. No quiero más problemas. Le traigo sus cosas, olvídese del dinero. ¡Quédeselo!-
El silencio del lugar no le pedía nada al de un cementerio, solo que este parecía viajar a otra dimensión. Antonio lo sentía. Su alma le daba la alarma, solo que su furia le daba valor y olvidaba estas señales. Nada lo prepararía para lo que estaba a punto de suceder.
Sintió un fuerte golpe en su nuca que lo hizo desvanecerse por completo. Minutos después recobró la conciencia y se encontraba en ese túnel sucio y putrefacto que se le había presentado en el espejo. Solo que esta vez se encontraba iluminado por antorchas. Antonio se levantó de inmediato y comenzó a mirar a su alrededor. El final del túnel estaba oscuro, lúgubre, como si una bestia insaciable esperara en el umbral. La bestia que se le había presentado en el espejo. Dio media vuelta y trato de huir por el otro extremo del túnel pero se topó con una puerta vieja de madera encadenada hasta el hartazgo. Unos pasos que producían eco se dejaron escuchar en el umbral y una figura blanca apareció en el acto. Era el tipo del cabello largo y mirada biónica.
-Tus decisiones te trajeron aquí-
-¿Qué chingados quieres?-
-Te dije que los objetos de la tienda se habían conseguido bajo un alto precio. Pero tu decidiste ignorar mis advertencias-
-Ya le traje sus cosas, ahora déjeme en paz-
-Es demasiado tarde para eso. Estas marcado y la bestia tiene hambre-
Antonio se miró la mano ensangrentada. Su cuerpo comenzó a temblar incansablemente, víctima de fuerte pánico.
-Esa capa, el sombrero y la varita pertenecieron a un peculiar personaje que causó mucho terror hace siglos. Su oscura magia se apoderó de tu ser y con ella lograste llamar a la bestia. No puedo hacer nada por ti. El deber te llama-
Repentinamente un enorme brazo hueso salió del umbral, se apoyó en una de las columnas del túnel para que el resto del cuerpo apareciera. El rostro del monstruo contaba con varios ojos negros que miraban a Antonio con un hambre voraz.
-Has ocupado el lugar de este hechicero en el exilio- dijo el hombre de blanco antes de desvanecerse por completo.
Antonio se encontraba a merced de aquella bestia. Una enorme boca se materializó de unos largos y flácidos tentáculos que surgían de su tronco muerto. Avanzó por el túnel como una mosca lo hace cuando está encerrada en un tubo circular.
El tiempo se detuvo pero no la carnicería que se fraguó en aquel lugar proveniente de otra dimensión. Un reino más oscuro de lo que el hombre cree conocer.

Antonio aún seguía con vida cuando miró como aquella cosa se comía su cuerpo. Lanzó un grito aterrador al eco de aquella oscura dimensión.

2 comentarios:

  1. Hola. Me gustó lo que narras. Te comparto mi Blog personal, a ver qué te parece.

    http://halmanza10-relatos.blogspot.com/2017/03/relato-7.html

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