jueves, 2 de marzo de 2017

El usurpador de plagas

El paisaje del vertedero era totalmente desolador. La miseria que se respiraba iba más allá de solo basura. Era una total bodega de inmundicia producida por la misma humanidad. Cientos de recipientes mostraban al aire libre desechos que iban más allá de solo ser orgánicos. Excrementos, vómitos, comida podrida, animales muertos e inflados por el alto grado de descomposición, incluso cadáveres humanos abandonados a su suerte en las colinas de basura. El abrasador sol de la tarde pegaba en la frente brillosa de José. La suciedad de su rostro ayudaba a que los rayos del sol no le pegaran de lleno a su cara. Su barba, larga y canosa hacia que las moscas se le enredaran. Un abrigo negro, repleto de grasa, lo cubría de los climas y guardaban olores inhumanos por años de acumulación de suciedad. Sus pantalones llevaban parches por todos los rincones, los había cosido hasta el hartazgo por el hecho de tener que arrastrase por las cloacas de la ciudad para poder encontrar un lugar donde dormir.
Era día de paga y necesitaba comer un poco para darle al día el visto bueno. Vendía un poco de cartón y botellas de pastico por unos cuantos pesos y así lograba sobrevivir. Su delgadez no era en vano pues en las tardes ocupaba su tiempo mendigando por la calles. Tenía la ferviente idea de que su delgadez lo ayudaría a fortalecer su negocio. Aquello que le estaba dando una oportunidad de sobrevivir en las calles.
Algunos amigos le habían aconsejado que la mejor opción era robar. La demanda de celulares sofisticados iba en aumento y en los mercados la gente pedía a gritos celulares modernos a precios accesibles. El robo de celulares en la ciudad estaba catalogado como el principal, lo había leído en la primera plana de un periódico arrastrado por el viento urbano. Estuvo a punto de convencerse de que era la mejor opción; tal vez así podría salir de la miseria en la que vivía, pero ¿Qué objetivo alcanzaría? Su vida era solitaria, sin preocupaciones, ni deudas, ni hijos y el dinero lo único que traía eran problemas. Mientras el aire que respiraba nunca se acabara no había necesidad de esforzarse más de la cuenta. Su casa en el vertedero era todo lo que necesitaba.
Aquella tarde había recibido una noticia asombrosa. El cartón que vendía había aumentado el precio en el que se pagaba. Había hecho cuentas y llegó a la conclusión de que, lo que recibiría le daría un poco más de la cuenta en cuanto a ración de comida contemplaba para la semana. Podía darse el lujo de comprar algún postre, tal vez algún pastel de chocolate o un posible pay de limón. Se sentía contento con la noticia y su posible carrera como ladrón de celulares fue olvidada en algún rincón oscuro de su memoria. De inmediato amarró el cartón y salió de su choza. Pero algo lo hizo detenerse abruptamente. En una de las tantas colinas de basura, en la punta de esta, se encontraba una figura alta que lo observaba misteriosamente. Portaba un abrigo muy parecido al de José, incluso el mismo color de suciedad era notorio. José no disponía de una excelente vista pero claramente pudo ver que el sol no reflejaba su rostro, de hecho se encontraba perfectamente oculto entre las sombras del abrigo. El hombre no podía ver su mirada, pero no era necesario para poder sentirla. Una sensación extraña invadió el cuerpo de José, no era miedo, era como una especie de repulsión aunque no sabía a qué y porque. Reaccionó al escuchar un vidrio romperse en algún lugar. Su mirada se desvió y se concentró en la venta que estaba por realizar. Miró de nueva cuenta hacia la colina y la extraña figura ya no estaba. Sacudió la cabeza y olvidó de inmediato lo sucedido. Empujó su carreta hacia el exterior del vertedero.
Dos horas después el hombre llegó a su hogar. Antes de abrir la puerta comenzó a contar sus monedas. Esta vez había recibido billetes lo cual le provocaba una enorme satisfacción. Su visión se concentraba en el dinero pero la parte difuminada, aquella que se encuentra detrás de su principal objetivo, parecía moverse articuladamente. Hizo a un lado su mano con el dinero y dirigió su vista a lo otro. Había cucarachas que entraban y salían de su choza. El espacio que había creado la puerta entre el piso y esta había servido de túnel para los insectos. No era la primera vez que veía esto en su hogar pero definitivamente había algo extraño en ellas. Por un momento creyó que era su imaginación pero un examen más minucioso le ayudó a determinar que parecían caminar gracias a una especie de patrón, como si fueran controladas desde algún lugar. Lo sabía por qué hace algunos meses había hecho una granja de cucarachas. Había encontrado un par de tablas en perfecto estado en una colina reciente de basura. La construyo con un par de clavos y una malla. La basura era el paraíso del necesitado. Aquí se podía encontrar cualquier tipo de herramienta para complementar cualquier tipo de trabajo. José lo sabía, por eso había decidido construir su hogar en este lugar. Las cloacas ya no le beneficiaban en nada.
La granja de cucarachas resultó ser un intento fallido. Los insectos habían logrado escapar en algún punto vulnerable de su prisión lo cual observó José con detenimiento, pues ahí se dio cuenta que no son tan imbéciles como él pensaba.
Se guardó el dinero en el bolsillo de su abrigo y entró a su hogar. El suelo terroso estaba lleno de estos insectos. Algunas volaban en el ambiente húmedo. José levantó el rostro de la comunidad de cucarachas y se encontró con algo que no había visto. Sentado en la cama se encontraba el mismo sujeto extraño que lo observaba hace unas horas. El abrigo le impedía a José seguir viendo el rostro. Era una sombra en vuelta en ropajes malolientes.
-¿Quién eres?- preguntó José asustado y enfadado a la vez.
El sujeto no contestó. Se limitó a quedarse sentado y encorvado. José sentía aquella misma mirada penetrante de hace unas horas sin poder encontrar sus ojos. Sin poder observar su rostro.
-T-te hice una pregunta-
José miró con detenimiento al sujeto y se percató de que los pies no se le veían pero esto era improbable ya que el abrigo se arrastraba en el suelo de tierra. Repentinamente el sujeto se levantó y metió su mano oculta en el bolsillo de su abrigo. Sacó un papel arrugado y lo dejó caer al suelo. Pasó a un lado de José y salió de la choza. Todas las cucarachas desfilaron detrás de él, como el flautista de Hamelin.
José se quedó petrificado ante el paso del sujeto misterioso. Un terrible escalofrío recorrió su cuerpo. Su corazón trataba de decirle que había algo torcido en él, algo inhumano, algo que probablemente no obedecía a las leyes de la naturaleza.
Cuando el sujeto salió José se abrazó así mismo y se acercó al pedazo de papel que había tirado. Lo levantó y comenzó a desdoblarlo. En el pedazo de hoja de cuaderno se podía apreciar un dibujo infantil hecho con pluma. En él se podía apreciar una enorme cucaracha atacando a una persona. El pequeño hombre trataba de defenderse con lo que parecía un tubo. Lejos de ser un simple dibujo de niños había algo perturbador en el pues el tipo del tubo tenía una barba y cabellos largos. José sintió que era la más fiel representación de su persona en un dibujo infantil. Hizo bola el papel y lo tiró fuera de su choza. Odiaba vivir con miedo pero sobretodo tener la sensación de ser observado. Metió la mano en el bolsillo y comenzó a jugar con los billetes. Se recostó en su cama sin sacar la mano del bolsillo y sus pensamientos se fueron lejos del vertedero. ¿Quién era ese tipo? ¿Qué buscaba? “Seguramente era alguien drogado que solo quería compañía por un momento” se dijo. “No me robará”. Con este pensamiento se levantó de golpe y atrancó la puerta con un sillón viejo que tenía. Regresó a donde estaba y dos horas después logró conciliar el sueño.
A la mañana siguiente el mundo parecía totalmente distinto. El aire había cambiado, el suelo de tierra se sentía diferente pero la choza, su hogar desde hace un par de años parecía curveada, extraña, envuelta en un aura irreconocible. Su cabeza daba vueltas. Se sentía dentro de un sueño, un espacio onírico extraterrestre. Metió la mano en su bolsillo y sus billetes ya no estaban, en lugar de eso sintió cuerpos escamosos, rasposos y gordos. Tomó un puño y al sacarlo se encontró con enormes cucarachas que comenzaron a caminar por su antebrazo. Se sacudió los organismos repugnantes y salió corriendo de la choza. No había gente, el vertedero estaba solo y el silencio de las aves buscando entre la basura era nulo. Miró a lo lejos y se encontró con el sujeto extraño que lo observaba desde una colina de basura. Corrió despavorido, buscando ayuda. Salió del vertedero y se encontró con una ciudad sola y extraña que parecía curvearse ante su visión, se arrodilló en medio de la calle y soltó un grito que invadió los ecos de la ciudad. De pronto se vio las manos pero ya no lo eran, parecían un par de ramificaciones con pequeños pelos gruesos y ásperos. Se miró el cuerpo. Era una especie de solidificación percudida y maloliente. Se tocó con las ramas que hacían la vez de sus brazos y se rasgó el pecho sin querer. De la herida comenzó a salir un líquido viscoso que apestaba peor que la esencia de su cuerpo. Esto le aterró por completo y trató de lanzar al día  un nuevo grito pero en su lugar de eso se escuchó una especie de chillido mecánico.
Repentinamente José despertó dentro de un contenedor de basura. Se arremolinó en medio de la basura, con el fin de encontrar luz que le pudiera determinar alguna vía de escape. Finalmente encontró un hueco de donde entraba la luz del día. Salió por ahí y se sorprendió al ver la agilidad con la que salió. Al ver la luz del día lo cegó momentáneamente pero de inmediato se aclaró su visión. Esta era de un estilo más curvo, pero esto no lo asustó sino el hecho de que el mundo a su alrededor era de una proporción gigantesca. De pronto una enorme cucaracha comenzó a acercarse a él, pero no era cualquier insecto, era una especie de bestia carente de cualquier anatomía orgánica. Poseía una boca enorme, repleta de cientos de dientes, tal vez miles. Tenía cerca de diez brazos peludos que amenazaban con un filo extra normal. Su cuerpo era gordo y secretaba una baba viscosa y maloliente. Se paró en dos patas y apunto sus enormes ojos negros al pequeño José. Este tomó lo que encontró a su alcance, una especie de alfiler. Comenzó a amenazar a la criatura pero esta parecía tener una fuerza indestructible. Repentinamente la criatura se lanzó al ataque pero José se adelantó y clavó el alfiler en el pecho del insecto. Este lanzó un grito babeante y chirriante. Y ante el enorme mundo de basura el insecto se desvaneció, al igual que la consciencia de José.
Al despertar se volvió a encontrar en su cama con el enorme abrigo percudido tapando su delgado cuerpo. Todo había sido una pesadilla. Se sentó en la cama y comenzó a toser pero al hacerlo expulso el mismo líquido viscoso de sus sueños. Fue al espejo y al quitarse el gorro del abrigo miró un rostro de cucaracha. Dos largas antenas salían de su frente y unos pequeños dientes filosos sobresalían de una boca diminuta. Gritó mecánicamente al espejo y volvió a ponerse la capucha del abrigo. Su curiosidad comenzó a invadirlo, deseaba ver el resto de su cuerpo pero mejor desechó la idea, hizo a un lado el sillón que bloqueaba su entrada y salió de la pequeña choza. Al dirigir su mirada a las colinas de basura se encontró con algo que no esperaba. Era él. Su rostro y su cuerpo humanos envueltos en el mismo abrigo percudido. Su rostro le sonrió y alzó una mano para saludarlo a la distancia. José ahora era la cucaracha y el insecto había tomado el cuerpo del hombre.

José había aceptado el juego al recoger el papel y estudiarlo con detenimiento. Ahora él tenía que encontrar a alguien que quisiera repetir el ciclo. Jugar. Cambiar los papeles. En medio de su terror el hombre vio cientos de cucarachas aproximarse a él y meterse entre su abrigo, trató de pedir ayuda pero sus sonidos inarticulados e inhumanos no fueron escuchados. Entró a la choza envuelto de insectos y pensó en encontrar a alguien más incauto para deshacerse de aquella asquerosa maldición.

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