martes, 11 de abril de 2017

Luna de Sangre (tercera parte)

Carlos cayó al vacío y al final de este se encontró con un túmulo de arena que le hizo amortiguar la caída. El golpe le provocó confusión y mareos a la vez pero no perdió el conocimiento. Se sentó y sacudió su cabeza. Se miró las manos enguantadas aún con la vista borrosa. Miró a su alrededor y lo único que pudo apreciar fue una débil luz que provenía de un techo metálico y abovedado. La luz estaba justo encima de su cabeza y solo aluzaba su cuerpo y la arena grisácea de la luna que estaba debajo de él. Bajó la mirada y el resto de la habitación era total penumbra.

-¿Dónde estoy?- preguntó en voz alta y la burbuja de su casco se empañó.

Trató de ponerse en pie pero un repentino mareo lo hizo detener el proceso. Al mover sus manos con facilidad se percató de una cosa importante: la gravedad. En esta especie de bodega había gravedad probablemente parecida a la de la tierra. Al llegar a esta conclusión le llegó una corazonada con respecto al oxígeno. No estaba seguro de hacerlo pero al final decidió quitarse el casco. Inhaló un poco y confirmó el oxígeno del lugar solo que este venía acompañado por un particular olor a humedad. Verificó su micrófono para poder contactar a la tierra, pero este se había roto en la caída. Un fuerte dolor en la cadera le sugirió que no solo el micrófono se había descompuesto.

-Maldita sea- dijo al lúgubre ambiente invadiéndolo de ecos.
Sacó una pequeña linterna y aluzó hacia las áreas oscuras. La estructura de lo que parecía una bóveda se encontró con la luz de la pequeña linterna, al parecer no era tan grade como aparentaba ser en la oscuridad.

-¡Hola! ¡Hay alguien aquí!- gritó Carlos pero su eco fue lo único que pudo responderle.

Aluzó todo a su alrededor y solo veía metal galvanizado y aparentemente muy viejo. Su luz se topó con lo que parecía un extraño letrero antiguo. Se acercó a él caminando con precaución por la arena. Se trataba de un letrero gubernamental solo que se encontraba escrito en otro idioma. El hombre hablaba inglés, francés, alemán y portugués y jamás en su vida había visto esos caracteres. Eran una especie de jeroglíficos, en su mayoría ovalos y líneas perpendiculares. Al final del letrero se podía leer una frase en rojo, encerrada en un rectángulo y un poco más abajo, al pie del mensaje se encontraba el símbolo de la NASA.

-¿Qué es esto?- preguntó susurrando.

El hombre no entendía ni una sola palabra del letrero pero una extraña adrenalina lo invadió al ver el símbolo de la NASA. El letrero era de metal y parecía ser muy viejo. Un poco más abajo, en letras pequeñas, se encontraba lo que parecía una fecha, un número de cuatro dígitos.

-1971- dijo en voz alta.

Miró a su alrededor y no tardó en percatarse en donde se encontraba realmente. Al parecer era una especie de nave, hecha por el gobierno de Estados Unidos pero ¿dentro de la luna? ¿Con que fin?
Repentinamente unos gritos lejanos comenzaron a escucharse.

-¡Plutarco! ¿Dónde estás?-

Carlos comenzó a aluzar todo a su alrededor. Esperaba encontrar alguna especie de compuerta o algún ducto de ventilación. Los gritos aún se escuchaban lejanos, perdidos en el interior de…la luna.

-¡Plutarco! ¡Donde estas!-

De pronto un ruido mecánico emergió de abajo. La arena comenzó a caer por el ducto y una patas largas, grasosas, repletas de apéndices que se movían con una locura desbordante salieron del ducto. Al parecer eran cuatro y estas impulsaban el cuerpo que las controlaba hacia el interior de la bóveda. Un cuerpo redondo y viscoso, conformado por caras humanas emergió. De entre la enorme circunferencia que, Carlos calculó que medía cerca de tres metros de diámetro, salieron varios brazos babeantes y ensangrentados que se alargaron hacia el hombre. Aquella cosa hacia sonidos parecidos a lamentos, quejidos, murmullos, era como si varios cuerpos humanos se compactaran en una sola bestia. Carlos miró las patas, parecidas a las de una araña y en una inspección más cercana se percató de que estaban conformadas por huesos humanos, en especial fémures, tibias, perones, rótulas, unidas por cartílago viscoso y putrefacto. El hombre no podía creer lo que veía, su terror lo paralizó y por un momento creyó que se trataba de una pesadilla pero el sudor de su frente le hizo ver que no era así. Los brazos babeantes estaba por alcanzarlo y Carlos se pegó lo más que pudo a la pared metálica. Su mente se invadió de imágenes, recuerdos de su vida en la tierra, su fuerte afán por lograr el sueño de ir al espacio, las chicas con las que había estado, sus sonrisas y sus muestras de afecto, sus padres que estaban orgullosos de sus logros. Todo se había resumido en un par de segundos. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Era el fin y le daba pánico pensar que sería devorado por un ser nauseabundo y extraterrestre que aguardaba en el interior de la luna. “Ahora entiendo porque Plutarco no quería acercarse”, se dijo.

-¡Maldito seas! ¡Tú lo sabías!- gritó.

Aquel grito de furia lo hizo despabilarse. El miedo salió de sus pensamientos y el deseo de vivir invadió su ser. “Este no es el fin”, se dijo. “Muévete”.


El hombre miró el ducto que aún seguía abierto. Aquel monstruo era torpe en sus movimientos y Carlos al parecer tenía dos ventajas sobre él. La agilidad y la vista pues al parecer aquella cosa no tenía ojos. Se deslizó por debajo de la bola babeante y un olor putrefacto lo mareo por segundos. Se arrastró hacia el ducto al mirar el interior de este vio una especie de túnel perpendicular que descendía hacia la oscuridad. Hacia el interior de la luna. Carlos miró al monstruo y este ya comenzaba a retroceder en sus patas huesudas, hacia el hombre. Aquella cosa podía olerlo. Carlos se armó de valor y se aventó hacia el interior del ducto sin saber lo que le esperaba.

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