lunes, 17 de julio de 2017

En el kilometro 60


Las carreteras son los lugares más inciertos del mundo. En ellas se han encontrado las situaciones más extrañas e insólitas. Los accidentes de auto están siempre a la orden del día así como los atropellamientos de personas y animales. Las motocicletas también son parte de esta categoría, pero que pasa cuando el accidente no tiene nada que ver con las acciones y la influencia del hombre. Cuando hay elementos que van más allá de nuestro entendimiento. Cuando los hechos rozan la delgada línea entre la imaginación más desbordante y la realidad más latente. No tengo idea del comportamiento modelo de esto último pero lo que si se es que en este plano hay situaciones incomodas que nos trasportan  a los lugares más oscuros de la tierra.

Mi nombre es Leticia Pandero. Soy oficial de la policía estatal. Los casos que recibíamos en el departamento eran cuantiosos, en cuanto a desapariciones misteriosas se refería. En algunos de ellos la víctima era encontrada y regresada a su familia pero la mayoría jamás aparecía a pesar de los esfuerzos y las investigaciones. Al año se reportaban cientos de casos relacionados con niños y adolescentes desaparecidos. La mayoría dejaba sus casas por violencia intrafamiliar pero otros eran raptados y alejados del mundo donde vivían. Todos ellos tenían algo en común, un patrón que justificaba sus desapariciones, no fue hasta el otoño cuando una llamada anónima cambio el panorama por completo.

Aquella tarde de Octubre me encontraba revisando los archivos policiales. Tenía especial atención por uno en particular. Una niña de diez años había sido reportada como desaparecida por su padre, teniendo como principal sospechosa a la madre pues se especulaba que se había ido del país con ella. La fotografía de la niña me encantaba tenía una mirada tierna y un semblante relajado. Me recordaba a una fotografía que tenia de mi hermana fallecida hace diez años. La contemplaba tranquilamente cuando el teléfono sonó. Me provoco un pequeño sobresalto. Eran altas horas de la noche y no suelo recibir llamadas cercanas a la media noche pero en esa ocasión algo era diferente, era como si al contestar esa llamada mi vida dependiera de ello. Dude un poco pero finalmente levanté la bocina.

-Departamento de policía- dije un poco temerosa.

-Ayuda- dijo la voz distorsionada de un niño.

-Si diga en que le podemos ayudar-

-Aquí en el kilómetro 60….un accidente….alguien está afuera

-De acuerdo. ¿En dónde dices que te encuentras?

-Tuvimos un accidente….cerca de la curva….en el kilómetro 60….ayuda por favor hay alguien….fuera

La llamada se cortó repentinamente. Miré los datos que había anotado en una pequeña libreta. Arranqué la hoja, me levanté de mi asiento y me dirigí con mi compañero. No era bien visto que una mujer permaneciera sola con un hombre en horarios de guardia en la jefatura pero Darío era un buen hombre, padre de tres hijos y siempre al tanto de poder ayudar a quien más lo necesite. Cada que entraba a la jefatura contemplaba con seriedad las fotografías de las personas que desaparecían año con año. Las miraba cerca de media hora provocando que los demás compañeros hablaran de él por comportarse extrañamente. Yo creo que lo hacía por el terror que le provocaba saber que cualquiera de sus hijos podría encontrarse en aquel pizarrón. Por ese pensamiento hacía su trabajo con seriedad es por el cual confío ciegamente en sus capacidades, tanto policiales como investigativas. Y es por eso que le pedí al comandante tener mis horarios de guardia con su compañía.

-Darío. Tenemos un accidente en el kilómetro 60, posible secuestro- dije irrumpiendo en su oficina.

El hombre se encontraba estudiando de igual manera. Al parecer las desapariciones de niños se convirtieron en una misión para su vida.

-¿Cómo sabes que no es una broma?- preguntó debido a una llamada anónima que había recibido días atrás. Ambos acudimos al lugar pero resultó ser una completa tomada de pelo. Es por eso que hemos sido más precavidos al respecto pero como dije antes esta llamada sentía que era de vida o muerte. Y no me equivoqué.

-Un niño fue quien la realizó

Darío se quedó pensando un momento. Las desapariciones en la carretera de Villa del Carbón eran más frecuentes. Los cientos de reportes que llegaban en la jefatura daban fe a ello.

-De cuerdo vamos

Nos dirigimos a la patrulla. Darío manejo. Seguramente se debió a que se dio cuenta de mi inquietud. Mi cuerpo temblaba pero no tenía idea del porqué, era como si me alertara de algo siniestro. No sabía el porqué de este pensamiento, así como tampoco tenía idea de porque la imagen de la niña de diez años me invadía por completo.

La carretera era más oscura de lo habitual parecía estar envuelta en un velo antinatural, como si la noche fuera controlada por fuerzas sobrenaturales.

Al llegar al lugar del accidente nos quedamos perplejos, extrañados, sobe todo Darío quien detuvo la patrulla a cinco metros del accidente. Lo primero que vimos fue un auto plateado, al parecer un Valiant en perfectas condiciones. Se encontraba abandonado con ambas puertas abiertas de par en par. A simple vista no parecía haber nadie, Yo buscaba al niño pero el interior del auto parecía intacto. No había señales de vida. Darío fue el primero en bajar de la patrulla. Portaba su linterna, desenfundó su arma y comenzó a aproximarse lentamente al Valiant. En seguida bajé yo imitando a Darío. Los faros de la patrulla tenían una fuerte luminosidad pero a pesar de esto la oscuridad de la noche parecía ser más densa que la luz. En la oscuridad se escuchaban pequeños murmullos que venían con el viento y desaparecían en el interior del bosque.

-¿Oyes eso?- pregunté casi susurrando.

-Sí, es muy extraño

Al llegar al auto aluzamos el interior. Como lo habíamos previsto el dichoso niño no se encontraba pero si había algo que parecía fuera de lugar en la escena. Había huellas grandes y pequeñas que se adentraban al bosque. Estábamos por ir a revisar pero algo brillante me llamó la atención. En el espejo retrovisor se encontraba un collar de cuero donde colgaba una joya verduzca e insólita. La tomé sin titubear una acción que a mi colega no le agradó del todo.

-Espera, suelta eso. No sabes de donde proviene- dijo Darío.

Estaba por soltarlo pero un grito extraño se escuchó en el bosque. Ambos volteamos hacia la noche y dirigimos nuestras linternas hacia ella. Me guardé el collar en la bolsa y comenzamos a avanzar hacia la nada. A cada paso que dábamos las huellas parecían deformarse. Las pequeñas seguían su curso pero las grandes crecían exponencialmente llegando a medir más de 40 centímetros. Lo primero que pensé fue en la gran altura del secuestrador. Por lo menos dos metros si media. Que equivocada estaba pues aquello no era humano.

Recorrimos cerca de un kilómetro en el bosque, siguiendo el grito que cada vez se escuchaba con mayor intensidad. Las huellas seguían creciendo pero la oscuridad que nos rodeaba era más densa aún. Susurros en el viento decían nuestros nombres pero a pesar de esto el terror no invadía aún nuestras mentes pues los gritos del niño nos preocupaban más.

De pronto las huellas terminaron abruptamente y frente a nosotros la espesura del bosque se presentó en toda su plenitud. La tenue luz de nuestras linternas dejó ver una maraña de arbustos que tapaban un resplandor verduzco. Comenzamos a caminar entre la larga frondosidad del bosque en dirección a aquella extraña luz. Los gritos habían cesado pero un extraño sonido gutural llegaba a nuestros oídos. Antes de pasar el último arbusto ambos nos miramos y asentimos con el terror que comenzaba a molestarnos. Nos quitamos de encima la naturaleza y lo primero que vimos fue un enorme claro que iluminaba la total circunferencia de este. Había dos siluetas negras en el centro del resplandor, una era enorme, probablemente media cerca de dos metros mientras que la otra era más pequeña e inferior a la otra. El resplandor no nos dejaba ver con claridad. Darío fue el primero en hablar.

-Las manos arriba. Donde las pueda ver.

Ninguna de las dos siluetas se movió.

-¡Las manos arriba! ¡Ahora!- grité.

Repentinamente la silueta grande se perdió en el interior del bosque y el resplandor con ella. La silueta pequeña se quedó en medio del claro. Yo di un paso pero Darío me detuvo.

-Espera. Mejor vamos los dos.

Ambos levantamos nuestras armas con las linternas y comenzamos a caminar hacia la silueta. Me encontraba más nerviosa que nunca y el temblor de mi cuerpo era más fuerte. Algo me decía que no era buena idea que me acercara. Y había mucha razón en eso. Las internas iluminaron una cabeza sin cara. Un ovalo negro, repleto de sangre y materia humana sobresalía de su contorno. Yo estuve a punto de gritar pero mis años como policía me recordaron que esto era una pésima idea, sobre todo si el asesino seguía suelto cerca de nosotros. Mi compañero se tapó la boca con el ante-brazo. Le provocó repugnancia la escena. La silueta de pronto cayó al suelo. Por la estatura y la ropa no tardé en concluir que se trataba del niño que llamó a la jefatura.

-Ese maldito sigue suelto. Tenemos que atraparlo- dijo Darío y como respuesta a su comentario un gruñido se escuchó entre los arbustos. Ambos dirigimos nuestras armas y linternas hacia el bosque y comenzamos a caminar al interior de la densa noche. Las pisadas se escuchaban grandes y pesadas y se alejaban cada vez mas de nosotros. Comencé a sentir los mismos espasmos cuando escuchaba aquel gruñido del demonio pero mi determinación por juzgar al maldito que mutiló a aquel inocente niño era más fuerte que nada en el mundo y Darío pensaba de la misma manera.

La persecución terminó abruptamente cuando el asesino se detuvo frente a nosotros. A diez metros de distancia. Tratamos de aluzarlo con nuestras linternas pero fue inútil, la luz extrañamente no llegaba hasta su posición. La oscuridad junto con el viento susurrante era más fuerte en aquella parte del bosque. Darío de nueva cuenta fue el primero en hablar.

-¡Alto ahí maldito! ¡Las manos donde las pueda ver!

El tipo no se movió pero si dejó escapar un pequeño gruñido de ultratumba que me estremeció por completo.

-Darío ten cuidado- dije en voz baja. –Eso que esta frente nosotros no es humano- lo dije sin pensar.

-¿De qué hablas?

-Solo ten cuidado

Darío comenzó a acercarse y ahí fue donde supe que aquella cosa no era humano. El viento movió un poco las nubes y la luna fue la encargada de revelar su identidad. Su cabeza era la de un enorme lobo negro, sus ojos eran rojos e irradiaban una maldad sobrenatural. Su cuerpo era totalmente peludo y sus manos y pies eran las de un lobo. El hocico lo tenía totalmente lleno de sangre. De sus comisuras colgaban órganos largos y sangrantes, provenientes del rostro del niño. Darío estaba por apretar el gatillo pero algo inhóspito sucedió en ese momento. La joya que hurté del auto comenzó a resplandecer de un verde intenso. El monstruo dirigió su mirada hacia mí y comenzó a gruñir con una rabia anormal. Tomé el amuleto y lo lancé hacia él. Su velocidad me impactó. Tomó el amuleto en el aire y corrió como un ser humano al interior del bosque lanzando un grito aterrador que produjo eco en todo el lugar.

Darío y yo regresamos a la jefatura. No dijimos nada en el camino pero teníamos cientos de preguntas en nuestras cabezas. ¿Qué fue eso o mejor dicho, que cosa era eso? Tanto el auto como el cadáver del niño los dejamos ahí el resto de la noche. Al día siguiente contamos al comandante lo ocurrido. Armó un cuerpo policíaco y nos dirigimos al lugar de los hechos. El Valiant ya había desaparecido pero las huellas seguían ahí. Todos las seguimos hasta el claro pero el cadáver también había desaparecido. Continuamos adentrándonos en el bosque y llegamos a las enormes huellas del monstruo donde se paró en dos patas y nos observó con sus ojos inyectados en sangre. Todos seguimos las huellas que dejó cuando salió disparado del bosque pero desparecieron abruptamente en un peñasco. La altura de este era muy grande y al fondo del cañón se encontraba el temible pueblo abandonado de Solares. Imán de cientos de leyendas malditas sobre sectas satánicas. Todos nos miramos y concluimos que aquella cosa estaba escondida en aquel lugar. Decidimos dejo esto por la paz y regresar a la jefatura. Ni siquiera los hombres más valientes de la policía son capaces de adentrarse en las calles de ese pueblo. Incluso es temido por los animales de la región.


Tengo que confesar que nuestro testimonio fue al cien por ciento recibido por nuestros compañeros. No era de esperarse pues una historia de estas no es fácil de creer por eso decidí anotarla. Plasmarla en papel para impedir que mi memoria la archive en el olvido. Aunque estoy segura de que esto último es poco probable pues aquellos ojos del infierno o podré olvidarlos jamás.


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