martes, 31 de octubre de 2017

El devorador de cuerpos


No sé por dónde empezar. Son tantas cosas, tanta ansiedad entre mezclada con mis sentimientos que, ciento que voy a explotar. Mi lengua se encarga de remojar mis labios constantemente ante el hambre tremenda que cargo. Mis piernas bajan y suben rápidamente como un elevador poseído por demonios. Mis manos están frías y húmedas como témpanos de hielo y mi rostro, cada vez más demacrado, muestra los huesos que estiran incansablemente esta piel mortuoria de la que, a cada día que pasa, siento como arde en cada centímetro de mi cuerpo. No puedo más con esto. Nunca debía hacerle caso. Estoy totalmente arrepentido de mis actos, pero sé que al escribir estas palabras mi alma de alguna manera descansará antes de entregarme al deseo infernal que me invade. Trataré de relatar en este papel lo que era yo antes de esta ansia maldita y cómo fue que una morbosa curiosidad me marcara de por vida.

Todo comenzó cuando Mauricio y yo acordamos visitar un cementerio. Pero no era cualquier cementerio, se trataba de un lugar maldito. Las lápidas plasmaban los nombres de personas que habían invocado a los demonios de la noche para sus asquerosas perversiones. Mi amigo y yo teníamos una fascinación malsana por la muerte. Visitar cementerios en la noche era nuestro hobby. Llevábamos una cámara de alta resolución y un micrófono que captara sonidos a larga distancia. Las rondas por estos lugares eran de horas, a veces ni siquiera nos dábamos cuenta de lo tarde que era. Los cementerios son lugares tan místicos y fascinantemente siniestros que incluso sientes como la muerte está más cerca de lo que crees. Creo que de ahí venia nuestra fascinación por estos lugares. Hasta que una noche decidimos visitar aquel lugar maldito cercano a un bosque.

Como de costumbre teníamos todo planeado. El video que filmaríamos aquí lo subiríamos a internet y depende la aceptación que tuviera subiríamos los demás. También habíamos planeado acampar en esta ocasión, los bosques también son lugares fascinantes y llenos de magia oscura. Al caer la noche cargamos el auto de provisiones y emprendimos el viaje. Teníamos planeado llegar a las ocho; nos tomaría cerca de dos horas poner el campamento y alistar el equipo de filmación. La idea era partir hacia el lugar a las diez de la noche que es la hora donde los rayos lunares comienzan a fluir entre las hojas de los arboles.

Al principio no había nada fuera de lo normal. Nada que pudiera advertirnos algún peligro latente. La oscuridad del bosque era lo bastante densa para imaginarse toda clase de situaciones sobrenaturales. Ambos ya estábamos acostumbrados a estos juegos de la mente. La negrura de los cementerios provocaba que confundieras las lápidas con figuras danzantes y que detrás de ellas te observaran ojos celosos por tu presencia, por la molestia que les provocaras a los muertos. Lo mismo sucedía en un bosque solo que en este la imaginación rebasa fronteras por los múltiples sonidos que rondan entre los árboles. Solo que en esta ocasión nuestro destino se hallaba en las entrañas de este y eso significaba enfrentar los posibles terrores.

Al dar las diez de la noche emprendimos el viaje. Cargamos con los artefactos correspondientes para la filmación de este lugar fascinante pero a la vez maldito. Teníamos planeado pasear por los alrededores, solo eso. No pretendíamos molestar a nadie. Oh dios mío, si tan solo hubiéramos sabido lo que se venía…

Después de caminar un par de kilómetros nos encontramos con la brillantez del lago que, a la luz de la luna desprendía su magia, su belleza singular y gracias a aquellos destellos cósmicos logramos encontrar con facilidad el cementerio. Se hallaba al este del lago, a unos trescientos metros de nuestra posición. Mauricio y yo nos percatamos de que el lugar irradiaba algo siniestro; nos sugería una maldad extraña, como si nos proporcionara deseos enfermizos por descubrir sus secretos. Caminamos por la orilla de lago, maravillándonos por el fabuloso espectáculo que nos brindaban las estrellas y la luna sobre las aguas heladas, tuvimos un cierto momento de paz pero conforme nos aproximábamos cada vez más al cementerio nuestra morbosidad obstruía dicha admiración y nos convertíamos en seres errantes de la noche.

Al llegar a la ubicación lo primero que vi fue una alambrada que medía aproximadamente un metro de altura. Solo eso cubría el cementerio del exterior, solo eso protegía a los muertos. Mauricio y yo saltamos la alambrada, teniendo cuidado de no rasgarnos el pantalón con sus púas. El cementerio era increíblemente pequeño. Las lápidas se encontraban a ras de la hierba crecida. Calculamos que había cerca de diez tumbas. Por un momento creímos que la noche no nos dejaba ver el resto de tumbas pero llegamos a una rápida conclusión al ver que, extrañamente, los rayos de la luna iluminaban la pequeña zona. Más allá solo había oscuridad y nada más. Ni siquiera había árboles que obstruyeran los rayos lunares lo cual me provocó un escalofrío repentino.

De inmediato pusimos manos a la obra. Sacamos la cámara y el micrófono. La preparamos y comenzamos a filmar  las lápidas. A través del lente vimos innumerables nombres antiguos. Algunos parecían estar escritos en otras lenguas, latín tal vez, nunca lo sabré. Algo de lo que nos percatamos y no habíamos tomado en cuenta fue la disposición de las tumbas. Parecían formar un círculo perfecto concentrando su circunferencia en una lápida la cual se hallaba despojada de hierba. De inmediato nos dirigimos allí. La lámpara de la cámara aluzó el extraño nombre: Devoratrix Corpora.
Mi amigo y yo nos miramos bajo la radiante luz de la luna. No teníamos idea de lo que significaban aquellas palabras pero compartíamos el mismo pensamiento mortuorio. Teníamos que ver qué clase de secretos se escondían debajo de esa lápida. Comenzamos a rascar con nuestras uñas la tierra que, sorprendentemente se encontraba suelta y de pronto apareció un agujero rectangular. Comenzamos a quitar toda la tierra que se encontraba sobrepuesta descubriendo la forma rectangular. Una vez terminada la tarea aluzamos el agujero con la lámpara. Esperábamos encontrarnos con un ataúd viejo y maltratado, que oliera a podredumbre y humedad pero en lugar de eso nos encontramos con un cuerpo que se encontraba en proceso de descomposición, metido entre la tierra suelta. Mauricio decidió bajar pero yo desistí a la idea, ver aquel cadáver me produjo un terror profundo. Traté de convencer a mi amigo de no descender pero se aferró, iba en busca de joyas o artefactos de índole esotérica después de todo era un cementerio maldito, plagado de cadáveres que se pudrían en el infierno.

A los pocos minutos mi amigo se desmayó dentro del agujero, gritaba su nombre una y otra vez con la esperanza de que despertara. No me atrevía a bajar a ese pozo demoniaco. Cerca de diez minutos después mi amigo se despertó pero sus movimientos ya no eran los mismos. Parecía convulsionarse con cada movimiento que hacía lo cual relucía su anormal velocidad, como si copiara las acciones de una mosca. De pronto miró a la luna y se encontró con mi mirada. Sus ojos se encontraban encendidos, llenos de una rabia indescriptible, como si fueran de un animal rabioso. Pero lo que más me impresiono fue su boca, era enorme, parecía llegar hasta el tórax y un rugido cavernoso salió de su garganta. De inmediato me levanté y hui del lugar a toda prisa. Aquel ser, que ya no era mi amigo, me persiguió. Iba detrás de mí, en un par de veces creí que me atraparía, rugía como un demonio pero chillaba al mismo tiempo como una especie de animal que no era de este mundo.

Después de correr tanto de pronto me encontré solo. Mi amigo ya no me perseguía pero tenía la impresión de que me observaba desde los árboles. Repentinamente tropecé con una roca, perdí el equilibrio pero logré recomponerme. Busqué la roca y logré cargarla con una mano. Era lo suficientemente pesada para abrirle la cabeza a alguien. Así que esperé detrás de un arbusto, aunque algo me decía que no serviría de nada. Mauricio cayó encima de mí. Solté la roca y ambos empezamos a forcejear. El deseaba devorarme. Abría su enorme mandíbula y la cerraba fuertemente como las tenazas de un cangrejo. Estiré mi brazo hacia mi izquierda y tomé la pesada roca. Le golpee con todas mi fuerzas. Un hilillo de sangre comenzó a salir de su sien y cayó pesadamente sobre mi cuerpo. Logré quitármelo de encima y hui en busca del campamento.


Hace ya que pasaron cerca de quince minutos y mi amigo no volvió a aparecer. Aquí en esta oscuridad malsana mi ser se encuentra corroído. Hay una furia extraña que me invade. No logro entender que es. Cada vez más ansío la carne humana. Creo que fue esa tumba maldita. Nos maldijo a mí y a mi amigo. Maldita suerte. Ahhh, ahhhhhhh. Mi cabeza, siento que va estallar…aaaahhhhhhhhhh…….


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