sábado, 9 de diciembre de 2017

El arte del señor Cisneros

Los hechos que narraré en este escrito son de índole secreta. Me declaro culpable por los controversiales comentarios sobre los hechos ocurridos en la calle Independencia, muy cerca de la antigua iglesia de Solares. Me basaré principalmente en el informe del detective Hinojosa quien, con un gran talento en recopilar huellas y pistas que lleven a los asesinatos más brutales que este pueblo ha visto, ha logrado plasmar a la perfección lo que el señor Cisneros ocultaba en su casa desde ya mucho tiempo. En un principio creía que debía callar y dejar que los acontecimientos fueran arrastrados por el viento, pero mi mente no me deja tranquila y las constantes pesadillas que me asolan a la medianoche me han obligado a plasmar lo que la policía no contó en los informes posteriores. Hinojosa era mi amigo y creo que su muerte no debe quedar impune.
Hace tres meses Hinojosa y yo nos encargamos de un caso peculiar de un posible asesino serial. Las víctimas eran mujeres bellas, caucásicas, pero sobre todo jóvenes. Oscilaban entre los 20 y 25 años para ser exactos. Por lo general eran estudiantes a excepción de una quien era madre soltera y vivía sola en Solares. Nuestro departamento de investigación se encontraba en el municipio de Villa del Carbón y desde ahí indagamos las muertes de estas mujeres encontradas a un lado de la carretera solitaria. Al principio Hinojosa conjeturó que se trataba de una pandilla de morbosos y drogadictos que satisfacían sus deseos carnales más impuros pero cuando apareció el cuerpo desnudo de la segunda víctima se dio cuenta de que no era así. Los cuerpos no tenían huellas pero si algo en común, la piel de espalda se les había removido con una precisión quirúrgica, perfecta, dejando un rectángulo vertical de músculos y sangre salientes. Esto puso en alarma lo que Hinojosa creía saber sobre homicidios, pues siempre se encontraba con casos comunes como una puñalada o un balazo. Los cuerpos de estas mujeres nos hicieron saber que, quien sea que estuviera haciendo esto era más inteligente de lo que se pensaba. Otro dato curioso es que las víctimas no tenían signos de violación o hematomas en la piel, de hecho parecía que el asesino las convencía de morir en esa forma.
Tres semana después Hinojosa alertó a la policía de Solares que vigilaran constantemente los caminos por la noche, pues parecía haber un asesino serial suelto que desollaba la espalda de sus víctimas.
Un día uno de los forenses nos alertó de un evidencia extraña que había encontrado en el cuerpo de la primera víctima. En la esquina superior derecha del corte de la espalda se encontraba una pequeña mancha de pintura acrílica sobre el músculo expuesto. Hinojosa y yo nos quedamos desconcertados en el momento pues no teníamos idea de lo que esto se pudiera significar. Indagamos en pintores de casas o negocios pues en Villa del Carbón este oficio era de lo más común. Algún pintor ebrio y solitario con hambre jóvenes era la pinta perfecta para esclarecer el caso de una vez por todas, pero el destino nos tenía algo preparado que nos dejaría sin dormir por días.
La tercera víctima fue una joven de 23 años oriunda de Chapa de Mota. Municipio que colinda con Villa del Carbón. Respondía al nombre Brenda y esta vez no era caucásica. Su piel era morena y eso la hacía totalmente diferente a las demás pues al parecer había sido desollada estando totalmente consciente y los forenses afirman que había muerto por exposición al frío y a la increíble cantidad de sangre que perdió. Fue encontrada con los pies amarrados a la rama de un árbol. La piel de la espalda había sido retirada con una mayor precisión. Hinojosa concluyó que el asesino la había desollado primero para después colgarla como un puerco en un matadero y la dejó desangrarse toda la noche hasta morir.
Esto nos llevó a crear una nueva hipótesis pues al parecer el asesino tenía un ayudante el cual auxilio al psicópata para colgar a la chica en aquella rama.
Había llegado la cuarta semana y se había interrogado a todo hombre y mujer de Villa del Carbón y sus comunidades colindantes. El último lugar que nos quedaba era Solares, pero en este último no había mucha tela de donde cortar pues el pueblo estaba casi desierto y tenía fama de estar maldito. Se decían innumerables leyendas sobre lo que realmente sucedía ahí y el porque la gente huía repentinamente dejando sus pertenencias.
La policía de Solares también era escasa pues se tenían que asignar oficiales de otro municipios para resguardar el pueblo, pero aun así las personas seguían desapareciendo  cada día las casas eran abandonadas a su suerte.
Hinojosa y yo decidimos ir a Solares en un intento desesperado por resolver el caso y evitar más feminicidios. No teníamos idea de lo que encontraríamos allá pero una fuerte corazonada nos decía que el asesino se encontraba escondido ahí.
Aquella tarde el sol estaba en su pleno cénit y el calor nos hacía sudar dentro el auto desesperadamente. Yo era quien conducía mientras que mi compañero realizaba anotaciones aleatorias sobre las escenas de los crímenes. Después de manejar veinte minutos por la carretera en dirección al municipio de Atizapán nos encontramos con una desviación a la altura de un restaurante de mariscos muy concurrido. Se trataba de un camino de tierra poco cuidado y repleto de enormes rocas. Prácticamente era intransitable. No teníamos idea de cuánto tiempo haríamos por este camino en auto pero decidimos orillarnos en el bosque y andar a pie pues más adelante la ruta parecía estar bloqueada por árboles caídos y rocas más grandes. Caminamos cerca de media hora hasta pasar el bosque y entrar a la avenida principal donde nos esperaba el pequeño departamento de policía. Habíamos avisado con anticipación nuestra llegada y la información que requerimos para resolver este perturbador caso. Los dos únicos policías del pueblo nos proporcionaron una pequeña lista de las personas que aún vivía ahí junto con sus oficios y direcciones. Uno de estos nombres me llamó la atención en el momento. Se trataba de un tal Salvador Cisneros y en la columna de oficios apuntaba a que era artista. Pregunté por él a los oficiales que teníamos delante y ambos nos contestaron con elogios hacia el señor Cisneros, al parecer se trataba de una persona altruista, talentosa y muy conservadora. Aconsejé a Hinojosa comenzar en la casa del artista pues él nos podría dar una referencia más amplia sobre los lugareños, tanto los que se han ido como los que seguían viviendo ahí. Jamás en mi vida creí que me arrepentiría de haber hecho esto.
La casa del señor Cisneros se encontraba en la calle Independencia, aquella que conectaba con Alhondiga y Juan Aldama, las principales vías de acceso al pueblo. Al llegar el inmueble no tenía numero pero era muy característica en comparación con las demás. Era de colores muy vivos y su construcción era de un tipo victoriano, un estilo que contrastaba totalmente con las demás casas. Se encontraba bardeada por una reja blanca, la cual poseía una campana de estilo gótico para llamar a la puerta. Toque dos veces y de inmediato salió un hombre en un delantal azul marino. Era viejo, tal vez demasiado pero su aspecto físico parecía lo hacía verse mucho más fuerte y vigoroso. Le calculé 70 años, tal vez menos. Portaba unos lentes redondos y oscuros y en sus manos había pintura roja o lo que en ese momento me pareció que era pintura. Su delantal se encontraba pulcramente limpio. Hinojosa lo saludó amablemente con un movimiento de la mano derecha. Al llegar a la reja el viejo artista e Hinojosa comenzaron a entablar un diálogo extenso sobre las violentas desapariciones de la región. El hombre era de lo más amable y contestaba con una pulcritud envidiable, hasta cierto punto extraña. El gran aumento en sus lentes mostraba una mirada penetrante, centrada, vidriosa en muchos sentidos. Por un momento me pareció que ocultaban la verdad sobre estos asesinatos pero por otro lado me hacían dudar sobre él y me obligaba a convencerme a mí mismo que eran solo supersticiones. Jamás imaginé que este hombre ocultaba en su casa un reino de sangre y muerte.
Después de varios minutos de conversación Hinojosa cortó el diálogo y terminó con un “buenas tardes”. Caminamos por un rato en silencio pero al llegar al portón de la iglesia, perdiendo de vista la casa del artista, estaba por avisar a Hinojosa de las extrañas actitudes del hombre pero al parecer Hinojosa ya lo sabía. Mi compañero comenzó a crear un plan. Había algo extraño oculto en esa casa y teníamos que averiguarlo.
En esta parte resumiré las horas que vigilamos la casa del señor Cisneros, esperando que saliera. La espera dio sus frutos y el hombre salió a caminar en dirección a la iglesia hasta perderse en el umbral de la noche.
Hinojosa y yo nos escabullimos al interior de la casa. Al principio nos pareció encontrarnos con el hogar de un hombre recto, de buenos gustos y al parecer humanitario en todos los sentidos. Ambos nos pusimos guantes y comenzamos a buscar pistas, huellas, algún indicio que nos demostrara que estábamos en el lugar correcto. Estuvimos cerca de quince minutos investigando sin encontrar nada. Estábamos por salir de la casa cuando nos percatamos de una puerta oculta al final de la escalera. Parecía estar camuflada con la madera de la pared. Hinojosa se acercó a ella y comenzó a estudiar su contorno. La luz de la luna era nuestra única guía y nos permitía un campo visual amplio. El secreto de su apertura lo encontramos en el acto, se trataba de una puerta corrediza que, al empujarla entraba dentro de un riel oculto que la permitía deslizar con facilidad. Lo primero que nos mostró la luz de la luna fue un tramo largo de escaleras que llevaban hacia un sótano oculto y lúgubre. Un terrible olor se desprendía de aquel sitio que nos provocó nauseas. Ambos comenzamos a descender esperando encontrar el escondite secreto de un psicópata.
Al llegar al suelo nos encontramos con un estudio amplio iluminado por un foco amarillento y viejo. Había tres cuadros que mostraban paisajes exquisitos pero a la vez extravagantes. Se trataba de lugares inhóspitos, carentes de vida, envueltos en auras de muerte y putrefacción. Dos de ellos mostraban desiertos y bosques muertos pero el tercero parecía el retrato de un ser extraño y amorfo que parecía gritarle a la luna. Hinojosa llamó mi atención por un momento. Señaló los lienzos y lo extraño que estos olían. El color que predominaba en los cuadros era el rojo en todas sus tonalidades, acompañados de negro y gris pero al oler las pinturas parecían una mezcla de solventes con aquello que temía decir en el momento. “Sangre” atinó decir Hinojosa. Por un momento ambos nos miramos  y nos llegó una idea bizarra. Los lienzos parecían estar hechos de un material extraño, los tocamos y dimos un salto atrás. Se trataban de pieles humanas. El señor Cisneros era un hombre de un talento indiscutible que encontró en las pieles de mujeres jóvenes el complemento perfecto para plasmar su ilimitada imaginación. No nos habíamos percatado del abundante rojo en el suelo que nos llevó a pensar en lo enfermo que este hombre se encontraba.
A un lado de los caballetes se encontraba una mesa con varios botes llenos de pinceles y godets ensangrentados. Por un momento creí que mi mente me jugaba una broma de mal gusto pero al ver los pinceles con mayor detenimiento me percaté de que había dedos largos y negros entre ellos. No podía creer lo que mis ojos veían, este rebasaba cualquier entendimiento sobrehumano, era un monstruo. En la parte de atrás del estudio pudimos ver una puerta astillada que se encontraba entreabierta. Hinojosa se acercó primero y con suma cautela abrió la entrada de lo que parecía una pequeña bodega. El olor aquí era insoportable y en la oscuridad latente había un bulto en el suelo que se movía con extraños espasmos. Por más que abríamos la puerta la luz no entraba en la habitación.
Escuchamos unos pasos bajando las escaleras. La madera crujía ante sus pies y su mera presencia me dio que pensar. El señor Cisneros sabía que nos encontrábamos aquí, husmeando en su estudio y horrorizándonos con su arte bizarro e inhumano. Hinojosa y yo decidimos escondernos en la pequeña bodega y enseguida nuestro mundo se sumió en tinieblas. Los pasos del artista se aproximaban pesadamente y a través de la antigua chapa de la puerta pudimos percatarnos de lo que este psicópata tenía planeado hacer.
Traía consigo un saco de tela manchado de sangre seca, de este sacó una especie de bulto orgánico, pálido y rosado a la vez. No tardamos en confirmar lo que era. El hombre había asesinado a otra mujer y lo que veíamos era su espalda cercenada. Repentinamente un gemido se escuchó en la oscuridad, ambos volteamos hacia atrás y nos topamos con el bulto que se contorsionaba. El señor Cisneros abrió la puerta de la bodega y nos miró con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. En su mano traía un enorme cuchillo afilado del cual goteaba sangre fresca. Tanto Hinojosa como yo reaccionamos y desenfundamos nuestras armas. El hombre lanzó el cuchillo hacia Hinojosa clavándose este en su cuello. Yo disparé en el acto y el asesino cayó fulminante. Enseguida avisé a mi superior y un enorme convoy se desplegó en las calles de Solares. El cuerpo del señor Cisneros fue cubierto por una sabana y sacado por los médicos forenses.
Hace tres meses de estos asesinatos y el cuerpo de Hinojosa fue despedido con honores por parte del departamento de policía y de amigos y familiares. La casa del señor Cisneros fue confiscada por el gobierno, de igual forma su morboso arte. Las chicas fueron entregadas a sus familias para darles un funeral digno. Y en cuanto a mí, el asunto no ha cambiado del todo, sigo tras la pista de asesinos psicópatas que pretenden divertirse con víctimas inocentes para sus trastornados planes.
Esta experiencia me ha ayudado a comprender que la naturaleza humana no es tan perfecta como parece. Somos dementes como especie y buscamos satisfacernos de todas las maneras posibles, pues yo tengo una fuerte atracción por el arte del señor Cisneros, los cuales tengo colgados en mi casa y me han ayudado a entender que, a fin de cuentas, también soy culpable. Ahora me encuentro en un dilema pues he tenido recurrentes pesadillas parecidas a los paisajes plasmados en aquellos lienzos humanos. Una parte de mi desea continuar con la obra del señor Cisneros. No hay nada más grande y único en este mundo que desollar jovencitas y utilizar su piel como lienzo, pero no cualquier lienzo, estoy hablando de satisfacción en su estado más puro, de una excitación incomprensible que provoca que mi piel se erice.
La grandeza requiere sacrificios aunque estos se paguen con sangre y terror.



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